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miércoles, 19 de abril de 2017

Capítulo 24: Preludio al desastre

    Jack tuvo un escalofrío a las puertas de la ciudad. Notaba la presencia de Sombra más y más cerca, y no estaba seguro de poder hacerle frente solo. Pero si Elsa y el pueblo estaban en peligro (y tenía la seguridad de que así era) debía actuar; hacer todo lo necesario para detenerlo.
La ciudad estaba fría y sombría; enterrada en la nieve. Los muros cubiertos de escarcha dejaban vislumbrar una tenue bruma que acababa invadiendo la escena. De vez en cuando Jack se topaba con una estatua de hielo que gritaba o trataba de huir para salvar su vida. El sol comenzaba a ocultarse y las luces anaranjadas se reflejaban en la nieve virgen.
Cuando llegó al castillo contempló inquieto la barricada de estacas heladas que cortaba el paso al puente de acceso. Ésto, claro está, no suponía ningún problema para él; pero no podía dejar de preguntarse qué había llevado a Elsa a hacer tal cosa. Toda esa gente, la barricada... ¿acaso había perdido el control de nuevo y había vuelto a aislarse? ¿O por el contrario era una medida de seguridad ineficaz para protegerse de Sombra? No se quedó quieto pensando; alzó su cuerpo y, una vez en el patio principal, tras comprobar que la puerta de entrada estaba cerrada a cal y canto, rompió uno de los amplios ventanales del segundo piso.
El castillo no distaba mucho del aspecto que tenía el resto de Arendelle, salvo por que ahí hacía más frío y la bruma era mucho más densa, casi opaca; al menos en los pasillos.
Siguió deslizándose con el aire guiado por su intuición. Un mal presentimiento lo invadió al pararse frente la puerta del gran salón, que estaba entreabierta. Tragó saliva y la abrió con cautela, asomó la cabeza y se horrorizó al ver el museo de estatuas que había en su interior. Y al fondo, casi como un borrón entre la niebla, se alzaba una fina y grácil figura. La presencia de Sombra era más fuerte que nunca, pero el joven se olvidó de todo nada más verla y voló veloz hacia ella exclamando su nombre.
 ¡Elsa!
La reina se giró y esbozó una media sonrisa al verlo. Era consiente de que llevaba un buen rato merodeando por el palacio, buscándolos a ambos. Jack la estrechó entre sus brazos y sintió como si la oscuridad intentara tragárselo. Miró a su alrededor, tomó a Elsa de la mano y la miró a los ojos, los cuales brillaban de forma extraña.
— Tenemos que salir de aquí. Rápido.
Elsa se zafó de la mano de Jack con un gesto elegante y rápido, sin dejar de sonreír.
— Jack... He de confesar que no te esperaba tan pronto – dijo la reina con una sonrisa -. Y, desde luego, nunca imaginé que me darías un abrazo.
La joven comenzó a reír a carcajadas. Jack la miraba confundido; esa presencia siniestra y cercana, esa sonrisa fría, esos ojos inánimes...
— ¿Sombra? - titubeó el muchacho.
— Vaaaya. Eres más listo de lo que pareces. Pero tampoco mucho.
— ¿¡Qué le has hecho a Elsa!? - preguntó apuntando a la mujer que tenía delante con su bastón.
— Solo lo que me pidió – explicó -: Ayudarla a controlar su poder, salvar a su hermana... Ya sabes.
— ¿¡Esto te parece ayudar!? - dijo echando un vistazo al triste panorama que había a su alrededor -. ¡Ella nunca quiso esto! ¡Déjala libre o...
— ¿O qué? - interrumpió - ¿Me matarás? Pff, muy bien – rió entre dientes -. La matarás también a ella. A demás, te recuerdo que ya lo intentasteis una vez y sabéis que soy tan inmortal como cualquier otro guardián. ¿Qué lograrás tú solo?
Jack vaciló. Sabía que Sombra tenía razón: La victoria de hace ochenta años había sido, en realidad, un destierro muy, muy largo al mundo de las tinieblas. Derrotar al miedo era una tarea imposible. Por otro lado, el cómo Sombra había logrado llegar hasta Arendelle era un misterio. Jack nunca había cronometrado el tiempo que tardaban en cerrarse los portales que había abierto para viajar, pero tenía la certeza de que eran a penas unos segundos y en ningún momento sintió su presencia. ¿Y si no había sido consciente y él mismo había trasportado a Sombra? ¿Había condenado a Arendelle por un capricho?
Bajó el arma lentamente.
— ¿Qué es lo que quieres? - preguntó finalmente el muchacho.
— Vivir, Jack. Vivir según mis normas sin guardianes incordiando por cada rincón. Vosotros podéis quedaros con la tierra – se dirigió al trono y se sentó en él -; yo me quedaré con Arendelle.
— No puedo permitirlo.
— ¿Por qué? Ni siquiera perteneces a este lugar – hizo una breve pausa fingiendo pensar - ¡Oh! Espera: ¿es porque tengo a tu querida Elsa? - Jack frunció los labios y en ceño con una mueca de ira, pero no pronunció palabra. Sombra se puso en pie y comenzó a caminar con las manos entrelazadas tras la espalda -. Está bien, te propongo un trato: te devolveré a Elsa sana y salva en cuanto nazca su sobrino, ¿qué te parece?
— ¡¿Qué?! ¿Para qué quieres tú al hijo de Anna? - preguntó incrédulo.
— Bueno. Admito que tanto a Elsa como a mí este asunto se nos ha ido un poco de las manos – explicó señalando a su alrededor -, y por otro lado, eres perfectamente consciente del poder que encierra un corazón puro. ¿Y qué hay más puro que un bebé? - rió y alzó la vista -. ¿Te lo imaginas? ¡Yo; heredero legítimo al trono de Arendelle!
— Un reinado de pesadilla.
— ¡Exacto! Lo intenté con el príncipe ese de las Islas del Sur pero el muy... maldito se resistió: Un bebé no opondrá resistencia – le ofreció la mano - ¿Qué me dices?
El muchacho pensaba con expresión seria y fría. De repente soltó una carcajada y se apoyó sobre su cayado.
Sombra entornó los ojos.
— Respuesta equivocada.
***

— Se ha ido. Lo hemos perdido – farfullaba Bunny sin poder dejar de andar en círculos -. ¡El muy irresponsable dio el anillo de invocación! - se giró a sus compañeros - ¡Si Sombra decide volver ahora estamos perdidos!
— No hay motivo para que vuelva – dijo el hada -, ha pasado poco tiempo desde que le derrotamos.
— No te metas Toothiana, tú ya has hecho bastante.
El hada se alzó y extendió las alas casi involuntariamente dándole un aspecto más amenazador.
— Pues lo siento pero me voy a meter, porque yo también quiero traer de vuelta a Jack.
— Haberlo pensado mejor antes de facilitarle adentrarse en esa misión suicida de ayudar a una niña misteriosa.
— ¡¡BASTA!! - bramó Norte con su chorro de voz más potente -. Discutiendo no vamos a arreglar nada.
 Sandy rotó los ojos en una expresión que gritaba un “y ahora lo dice”.
— Todos queremos traer de vuelta a Jack. Los guardianes necesitamos estar juntos para ser fuertes ¡así que no nos separemos más, por favor!
Hubo un minuto de doloroso y frío silencio.
— ¿Cómo vamos a hacerlo? - preguntó Toothiana.
— No lo sé – confesó el barbudo -. Podríamos usar el portal de la bola para ir a Arendelle, pero sólo hay un anillo para regresar y hacer otro llevaría demasiado tiempo, cuando los cuatro nuevos estuvieran listos podría ser demasiado tarde para Jack.
Toothiana bajó la mirada y la clavó en sus manos. Nunca debía haber ayudado a Jack, pero no tenía sentido lamentarse.
— ¿Si los antiguos podían viajar entre mundos por qué nosotros no? - preguntó el hada casi en un susurro.
El comentario de Toothiana avivó la memoria de Bunny súbitamente. Un detalle básico, una característica propia que había apartado por tanto tiempo que estaba cubierta por una densa capa de polvo en su memoria: el era un conejo Pokka; el encargado de mantener el equilibrio en el espacio tiempo. La sabiduría, poder y conocimiento de su raza estaba guardado en el bastón dorado de los Pokka, guardado durante tantos años que había caído en el olvido... hasta ahora.
— Puede que haya un modo.

***

Por un momento creyó que no lo conseguiría pero por fortuna fue capaz de agazaparse lo suficiente como para deslizarse por debajo de la barricada y así cruzar el puente. Pero la puerta principal estaba cerrada.
— <<Por supuesto. Tenía que haberlo intentado por la puerta de servicio>> - se dijo el príncipe.
Alzó la vista y reparó en una de las ventanas de el segundo piso, una con el cristal roto y que no parecía muy difícil alcanzar. Se quitó los guantes y comenzó a escalar clavando sus dedos en cada pequeño recoveco entre la roca. Cuando llegó arriba la frente le brillaba por el sudor, su piel estaba roja y la respiración era dificultosa. Tubo que hacer una pequeña pausa antes de continuar.
El palacio estaba envuelto en una energía terriblemente turbia. Has sabía que debía tener miedo, pero sentía que en cualquier momento perdería el control sobre sí mismo, como si los tenebrosos pasillos fueran parte de otra de sus antiguas pesadillas.
Comenzó a oír ruidos en la planta baja: cosas que rompían, gritos, carcajadas... Era Elsa, no le cabía la menos duda, debía ser sigiloso y prestar atención al sonido para no cruzarse con ella. Si lo que dijo la criada era verdad y hubo una rebelión, lo primero que debía hacer era comprobar si había prisioneros en las celdas y sacarlos de allí cuanto antes; con suerte la Reina no se había encargado de ellos todavía.

Llegó a las mazmorras y revolvió en la mesa de entrada con la esperanza de dar con la llave, pero allí no había nada más que informes. Se adentró en el largo pasillo y se fue asomando celda por celda: la mayoría de ellas estaban vacías, pero otras contenían cadáveres atravesados con afilados carámbanos de hielo.
— ¿Elsa?
La voz de la princesa captó por completo su atención. Sonaba débil y triste. Aceleró el paso hasta llegar al fondo y allí la encontró; en camisón, tapada con una manta de lana y protegiendo su vientre con las manos. Se puso en pie al verlo llegar y clavó sus ojos hinchados y rojizos en él. Parecía haber envejecido de repente.
— ¿¡Hans!? ¿¡Qué haces tú aquí!?
Pasaron unos segundos de silencio e intercambio de miradas.
— Una criada me encontró por casualidad y me contó todo lo que ocurrió. Estaba preocupado.
Ninguno de los dos dijo nada más.
El príncipe examinó durante un rato la puerta de la celda. Le hizo un gesto a Anna para que esperase ahí. Se fue y volvió con uno de los bancos que había en la entrada. Colocó la pata bajo la puerta de la celda y pidió a Anna que la sujetase. Hans usó todas sus fuerzas para hacer palanca hasta que las bisagras crujieron dejando libre a la princesa.

— ¿Y ahora qué? - preguntó ella tras dejar la puerta en el suelo.
— Te sacaré de aquí. Después... pensaremos en algo más para tu hermana. ¿Y Kristoff?
— No lo sé – titubeó -. Huimos a la montaña tras la rebelión pero había una cosa negra enorme y... - hizo una pausa – de repente me desperté en palacio y vi como esa cosa devoraba a mi hermana por dentro – clavó su mirada en los ojos del príncipe -. No es ella, Hans. Se que suena extraño pero tienes que creerme esa no es Elsa, algo la está controlando o ha hecho que se vuelva completamente loca.
— Te creo. Ella pudo haber hecho esto desde el principio, no tiene sentido que haya regresado justo ahora después de tanto tiempo.
— Ella nunca habría hecho esto, estaba asustada, no quería herir a nadie.
— Haré todo lo que pueda. Te lo prome...
— No – cortó la princesa - . Haremos. No me vas a dejar al margen otra vez: es mi hermana, es mi reino, es mi palacio, mi pueblo y mi familia. Salgamos de aquí – finalizó -. <<Solo espero que Kristoff esté bien>>.

***

Salió disparado por el golpe, rompiendo el cristal de la vidriera principal de palacio. Se mantuvo en el aire todo lo estable que las turbulencias del viento enfurecido le permitieron. No era el mejor momento ni el mejor lugar para una batalla que no estaba a su favor, pero ahora mismo tampoco tenía otro remedio: no tenía modo de regresar a casa, no podía pedir ayuda de ningún tipo y no podía abandonar ni a Elsa y a Arendelle. La figura de la reina no tardó en hacerse visible y se dirigió a Jack irguiendo su cuerpo sobre densa nube de arena negra. El joven retrocedió veloz tratando de guardar las distancias. Sombra se detuvo.
— Si vas a huir hazlo ya, pero no vuelvas por aquí – sugirió cortante la voz de la muchacha.
Jack agarró fuertemente su callado. Frustrado. Trataba de pensar un plan para expulsar a Sombra del cuerpo de Elsa, pero nada se le ocurría y después de eso tendría que pensar cómo deshacerse de él.
El joven notaba como sus fuerzas desaparecían paulatinamente; constante y más rápido de lo que le gustaría. Eso le llevó a pensar que a Elsa quizás le estaba pasando lo mismo.
— ¡¡¡ELSA!!! - gritó Jack, tan alto que desafinaba - ¡¡¡Elsa sé que estás ahí dentro, en algún lugar!!! ¡¡Por favor, lucha y sal!!
La cara de la reina esbozó una sonrisa incrédula que fue seguida de una sonora carcajada que hizo encobrar su cuerpo y que se llevara las manos al vientre. Cuando cejó suspiró con alivio.
— ¿Pero qué haces? No creí que fueras tan necio – confesó -. Ella me dejó entrar por propia voluntad.
— ¡No! ¡Tú la manipulaste! Hiciste que aceptara mediante amenazas y chantaje.
Sombra se encogió de hombros.
— Nimiedades.

Y con un azote de oscuridad y viento helado golpeó al muchacho sin piedad.

sábado, 4 de febrero de 2017

Capítulo 23: El momento incierto antes del reencuentro

   El cielo era gris y el viento soplaba con violencia. Frente a él, la figura de un muchacho rubio y corpulento que contemplaba arrodillado y con impotencia sus manos desnudas, totalmente ajeno a la presencia del extraño joven que tenía delante. Jack se fijó más en él, después de comprender que, de algún modo, había regresado a Arendelle. Era el chico que viajaba con Anna tiempo atrás, y en su dedo meñique ahora descansaba el anillo de invocación que Jack había confiado a Elsa. ¿Dónde estaba ella? ¿Qué había ocurrido? Miró a su alrededor y contempló horrorizado las ruinas que decoraban el escenario en el que se encontraban. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Qué hacía ahí solo ese chico? Deseó con todas sus fuerzas que pudiera verle , oírle o simplemente sentir su presencia; y mientras se concentraba en dicho deseo, su mente detectó algo oscuro.
De repente, el montañero gritó con desesperación haciendo que Jack perdiera el rastro de esa presencia que tan bien conocía y hacía tanto que no detectaba. El hombre se puso en pie, cubrió sus manos con los guantes y montó en en trineo. Una vez más le habría gustado poder hablar con él, pero no tenía tiempo de intentarlo: debía encontrar a Sombra.

***
- Te quedarás aquí hasta que considere oportuno – dijo la reina mientras cerraba la puerta de la celda.
- ¡Elsa! - gritó su hermana desde el otro lado,con los ojos bañados en lágrimas -. ¡Elsa, escúchame! Tú no eres así.
La reina le dedicó una mirada escéptica seguida de una media sonrisa burlona.
- ¿Qué sabrás tú de como soy? Ni siquiera me conoces.
- Te conocí una vez ¿no te acuerdas? Cuando jugábamos juntas cada día – la princesa se agarraba firme a los barrotes e inclinaba su cuerpo hacia delante, como tratando de atravesaros -. Escúchame, ahora sé lo que pasó; lo sé todo, no tienes que ocultarlo. Tenías miedo pero sé que podemos arreglar esto y empezar de nuevo, por favor...
- ¡Calla! No tienes ni idea de lo que he pasado.
El rostro de Anna se llenó de furia.
- ¿¡Y tú qué!? ¿¡Acaso te has parado a pensar por lo que he pasado yo!? Abandonada por mi hermana de un día para otro sin ningún tipo de explicación, preguntándome cada día qué había hecho mal, sintiéndome sola y miserable... ¡Tuve que ir sola al entierro de nuestros padres y dar la cara por ti delante de todo el reino! ¿¡Tienes idea de lo que es eso!? ¿¡O descubrir que te han estado mintiendo toda tu vida!? ¿¡Sabes acaso lo que ocurrió cuando saliste corriendo de tu coronación!?
Anna tenía el rostro teñido de rojo. Sus ojos ahogados miraban con pena e ira a su hermana y por sus labios fruncidos resbalaban mucosidad y lágrimas. Elsa la miraba casi con total indiferencia; Lo que decía no iba dirigido a ella, pues la verdadera reina estaba muy lejos de allí, profundamente dormida en su interior.
- Si no vas a guardar silencio tendré que tomar medidas – respondió fríamente.
La princesa no dijo nada. Se limitó a mirar con impotencia a su hermana mayor; ¿Quién le habría dicho que su mayor deseo desde hace años tendría tan nefastas consecuencias?

De pronto, un escalofrío cruzó la mente de Elsa, dejando su mirada perdida en algún punto del espacio. Una media sonrisa seguida de una ligera y desganada carcajada precedieron sus palabras.
- Ha vuelto.
Y abandonó las mazmorras bajo la atenta y desesperad mirada de Anna.

***
La última caja de ropa de verano había sido guardada en el almacén. Al decir verdad la tienda estaba ahora insultantemenete vacía, pero nadie habría esperado que el reino quedara sepultado en nieve en pleno verano, hecho que por otro lado impedía la llegada de cualquier tipo de mercancía a cualquier negocio.
- Muchas gracias, joven – dijo un hombre alto, corpulento y barbudo con un marcado y singular acento acento -. Por favor, tómate un descanso, Oaken se encargará del resto ¿yah?
En realidad no le apetecía descansar, pero aceptó la petición sin rechistar; Se puso su mejor (y actualmente único) abrigo y salió de la tienda para sentarse en el porche, desde donde pudo ver la tenue figura de la ciudad de Arendelle.
Hans había llegado a la tienda (y sauna) de Oaken tas ser expulsado del reino por su prometida, Anna. Todavía le quedaba mucho para dejar atrás los dominios de Arendelle pero tal y como estaban las cosas no podía arriesgarse a continuar a menos que buscara una muerte segura; Pero una cosa tenía clara, y es que a pesar del tormento y la soledad que en ese momento sentía, y que probablemente lo acompañaría durante mucho tiempo, por encima de todo, quería vivir.
Se llevó las manos a la boca para calentarlas un poco con su aliento mientras contemplaba la ciudad y pensaba de nuevo en todo lo que había dejado atrás. Se torturó una y otra vez por haber perdido de ese modo una vida tan perfecta como la que había encontrado por culpa de una carta. Una carta cuyas órdenes no estaba dispuesto a cumplir. Tal vez en un principio la idea fuera tomar el reino desde dentro, pero no podría haberlo hecho: Amaba a Anna, de eso no tenía la menor duda, y estaba más que dispuesto a pasar su vida junto a ella y la nueva familia que habían empezado a construir.
Pensó en su querida princesa de cabellos cobrizos. En esa babilla que colgaba de la comisura de su labio cada mañana, en como sonreía cada vez que se tumbaba en su regazo para acariciarle el cabello, en su cara de felicidad cuando recibió la noticia del embarazo... Y luego se imaginó a su hijo y todo lo que dejaba atrás. Una vida con la que siempre había soñado: Una familia unida y que se amaba.
- <<Si sólo hubiera conseguido traer a Elsa de vuelta... ¡Tenía que haber ido con Anna desde un principio! ¿¡Por qué no la escuché!? ¡Maldita sea!>>.

En medio de esta tortura, la cual ya no era causada por las pesadillas que había sufrido por las noches en Arendelle, si no por su propia conciencia; Pudo distinguir el la penumbra la figura de lo que parecía una mujer. Calló al suelo con brusquedad y Hans se apresuró haca ella.

Era una mujer joven, quizás aún no había cumplido los treinta, el cabello largo y castaño le caía enmarañado por los hombros y su rostro, helado al tacto, vislumbraba un leve tono azulado que revelaba la crítica situación de la muchacha.
Entró corriendo con ella en brazos e improvisó un lugar junto al fuego apilando mantas y otras prendas. Oaken, al verlo, se apresuró a preparar una sopa caliente para cuando la joven despertara.
***
Pararon tras un cúmulo de rocas altas a descansar. Sven estaba agotado y Kristoff no podría reprochárselo: apenas había comido y lo había forzado de sobre manera para llegar lo más rápido posible a las actuales ruinas de la reina, y ahora pretendía hacer lo mismo para regresar a Arendelle.
No. No podría hacerle eso a su amigo.

Ambos se habían acurrucado el uno contra el otro apoyándose contra la roca fría.
- Lo siento mucho Sven – se disculpó. El reno abrió vagamente uno de sus ojos para mirar a su compañero humano y dar a entender que lo había oído, pero en seguida lo cerró de nuevo -. En realidad no tengo ni idea de por qué volvemos a Arendelle. Esa cosa... eso que se llevó a Anna ¿Crees que tendrá algo que ver con su hermana? - miró a Sven como si esperase una respuesta convincente, pero éste no se inmutó . Se frotó las manos y palpó el anillo bajo los guantes -. Si le ha ocurrido algo a ella o a su hijo... no me lo perdonaré nunca. No voy a parar hasta encontrarla Sven; Tú, si lo prefieres, puedes quedarte en las montañas – el joven miró al cielo con tristeza mientras acariciaba a su amigo -. Al fin y al cabo es donde debes estar, y no al lado de un humano tirando de su trineo.
Pero Sven no respondió. Se había quedado dormido.
Kristoff se puso en pie para cubrir al reno con una manta y, acto seguido, preparó un saco con algunas provisiones.
- Cuando todo esto acabe volveré a buscarte. Te lo prometo.

***
La muchacha había recuperado su color original, e incluso sus mejillas se habían sonrojado gracias al calor del fuego que la acompañaba a su vera. Abrió los ojos lentamente. Al principio sólo había manchas de colores, pero pronto sus ojos de acostumbraron a la luz y vio frente a ella a un hombre sonriente y barbudo.
- La muchacha se ha despertado ¿yah? - informó el hombre -. ¿Cómo te encuentras?
- Bien. Gracias – respondió la mujer llevándose las manos a la cabeza tras incorporarse - ¿Dónde estoy?
- En el puesto comercial (y sauna) de Oaken el trotamundos. Una sauna vendría bien ¿yah?
La muchacha iba a contestar que no tenía tiempo para saunas, pero una voz se sumó a la conversación y se giró para ver al emisor, cuya voz le resultaba terriblemente familiar.
- ¿Cómo se encuentra? - preguntó el príncipe con una taza de bebida caliente entre sus manos.
- ¡Alteza! - exclamó la mujer a tiempo que agachaba la cabeza y hacía una reverencia. Pero Hans pareció ignorar el gesto y puso la taza entre las manos de la joven.
- Bebe, te sentará bien. Luego podrás comer algo.
La muchacha se quedó mirando fijamente la leche humeante, reuniendo el valor suficiente para poder hablar.
- ¿Alteza? - preguntó Oaken sorprendido.
- Alteza. No os acordaréis de mí pero soy la cocinera de palacio, sobrina de la doncella de confianza de la princesa Anna – informó la chica -. Se que habéis sido acusado de traición. Desconozco los motivos pero... por favor, tenéis que regresar – dijo al borde del llanto – la reina ha vuelto y está loca ¡Está convirtiendo a todos en estatuas! Y antes de eso el pueblo se rebeló y tomó el palacio por la fuerza – miró al príncipe a los ojos , entre lágrimas -. Por favor. Sois la única esperanza de Arendelle.  

domingo, 4 de diciembre de 2016

Capítulo 22: Todos podemos ver el miedo

    Elsa paseaba tranquilamente por el gran salón del palacio, estudiando con detenimiento su nueva y variada colección de esculturas de hielo: La estancia estaba abarrotada y se preguntaba de cuales deshacerse o cambiar de lugar. El gran salón tenía el aspecto de una gigantesca caverna congelada: paredes, suelo, techo, columnas y ventanas estaban cubiertas de hielo y escarcha, condensando el aire frío en toda la habitación y llenando el palacio de bruma.
Una sombra surgió tras ella.
- Te dije que podrías controlarlo, y también que sería increíble.
- Es poderoso y hermoso; Nunca me había sentido tan viva como hasta ahora. Esta fuerza me estaba consumiendo, gritaba por su libertad y ahora parece que no puedo parar: cuanto más lo utilizo mejor me siento – la reina se acercó a la estatua de un guardia y le acarició el rostro con delicadeza -. Es tan placentero... - de repente su rostro sereno cambió llenándose de rabia; Apretó con fuerza la cara del guardia hasta que la escultura se hizo añicos -. Pero Anna no está aquí ¿Dónde está mi hermana, Sombra?
- No lo se, pero puedo averiguarlo si mi reina lo desea.
- Tráela ante mí ¡y ni se te ocurra hacerle daño!
- A sus ordenes.

***
- Anna, no podemos quedarnos aquí, debemos buscar refugio en un reino vecino.
- ¡Al diablo con eso! Arendelle es lo único que me queda y no pienso perderlo ¿No lo entiendes? He perdido a mis padres, a mi hermana, a mi marido... y ahora un reino entero ¡No puedo permitirlo! Elsa me oirá por primera vez en muchos años, tengo mucho que decirle.
- No; No lo entiendo: nunca conocí a mi familia, nunca tuve nada, así que no sé que es perderlo todo. Pero es peligroso Anna, tu hermana está descontrolada, a este paso enterrará todo bajo la nieve, si pides ayuda en otro reino tal vez cedan.
Anna guardó silencio y reflexionó unos instantes. ¿Qué esperaba conseguir regresando a Arendelle? ¿A caso pensaba plantarle cara a todo el pueblo?¿A aquellos que habían intentado matarla? No. Eso no era una opción, era un suicidio. Siendo realista y sensata, se percató de que atravesar las montañas y buscar refugio en un reino vecino era la mejor opción; No la más sencilla, ni la más segura; Pero la mejor.
La princesa bajó la cabeza y apretó los puños.
- Tienes razón – concluyó. - Discúlpame.
- No pasa nada – dijo el rubio, realmente solo por decir algo -. Supongo que es normal. Perder aquello que te importa tiene que ser un golpe duro, por eso no quiero que te pase nada – la princesa alzó el rostro y clavó su mirada en él, confundida. Kristoff solo fue consciente entonces de lo que acababa de decir y trató de remendar la situación ignorando la calidez repentina de su rostro -. Bueno e-eres la primera persona con la que trato tan... profundamente, eso... ¡eso es importante! - Anna arqueó una ceja –. Obviamente tampoco quiero que le pase nada a Sven.
- Obviamente – respondió con una ligera sonrisa. Kristoff desvió la mirada y Anna no pudo evitar soltar una pequeña y tímida carcajada que no parecía tener muchas ganas de salir debido a los acontecimientos recientes. -. Volvamos al trineo. Espero que conozcas el camino hacia donde quiera que vayamos.

La princesa se envolvió todavía más en su triple capa de mantas de lana y giró sobre sus talones para dirigirse al vehículo. Kristoff dudó unos segundos pero enseguida siguió sus pasos mientras jugueteaba con el anillo que descansaba en uno de los bolsillos de su pantalón.
- <<Podría pedirle matrimonio con este anillo, con mi condición es lo mejor a lo que podría aspirar jamás. ¿¡Qué!? ¿Pero en que estoy pensando? ¿Acaso estas loco? Ella es una princesa; Una princesa todavía casada y embarazada, ¡quítate esas estúpidas ideas de la cabeza! A demás ¿qué puedes hacer tú por ella? Te vas buscando la vida como puedes, esa no es vida para ella: Viajar sin rumbo, pasar hambre y frio, dormir bajo las estrellas, oler a reno...>>
- Kristoff.
De pronto el joven despertó de su trance y se topó cara a cara con su compañera, la cual parecía esperar con la mano tendida a que alguien (él) la ayudara a subir al trineo; Tarea que el muchacho cumplió de buena gana. Acto seguido rodeó la estructura de madera para comprobar el equipaje. Cogió tres mantas más: Una la depositó sobre sus hombros, la otra sobre la espalda de Sven, sujetándola bien con en arnés del animal, y la última se la tendió a Anna, la cual aceptó para cubrir sus piernas y vientre.
- Anna. Emm... - se frotó la cabeza y, por algún motivo, eso pareció darle más confianza -. Quería darte algo que he encontrado, pensé que querrías tenerlo.
Bajó la vista ante la mirada curiosa de la princesa, cogió el anillo, y cuando alzó de nuevo sus ojos, éstos solo pudieron fijarse en una sombra amenazante que se acercaba a Anna peligrosamente por la espalda. El rostro de Kristoff se tornó pálido como la nieve virgen que caía a su alrededor, se le formó un nudo en la garganta y fue incapaz de pronunciar palabra. A medida que la sombra se acercaba, el rostro del rubio se deformaba en una mueca de horror.
- Kristoff...
Anna, preocupada, se giró lentamente. Fue grande el impacto visual del blanco níveo del paisaje al la oscuridad más absoluta que halló tras de sí. Sin saber muy bien por qué, alzó la mirada y dos luces áureas y frías como en metal se clavaron en ella probocándole una desagradable sensación, como si mil alfileres penetraran en su cuerpo.
- ¿Qué eres...? - logró titubear tras un gran esfuerzo.
- Tus peores temores, princesa.

***
- Jack, Toothiana, lo que nos pedís es un despropósito.
Y con estas palabras el conejo pooka dio por zanjado el asunto.
Todos los guardianes estaban reunidos en la inmensa y colorida madriguera de Bunny. Como cada año, preparaba la pascua con meses de antelación; Al igual que en la guarida de Norte y en la de Toothiana el trabajo no cesaba jamás.
- ¿Y ya está? - se quejó Jack -. Vengo aquí a disculparme y a tratar de hacer las cosas del modo correcto ¿y eso es todo lo que tienes que decirme? ¿Qué no puedo despedirme como es debido?
- Me parece que todavía no lo entiendes ¿que hacemos si se cuela una amenaza? - inquirió Norte.
- Pues combatirla, como hemos hecho siempre.
- ¿Y si sombra logra colarse en la distorsión? - el conejo parecía fruncir más el ceño con cada palabra - ¿Vamos a desatender nuestros deberes para ir a salvar otros mundos? Mundos con otro tiempo, a demás.
- ¡Maldita sea Bunny, eres un Pokka! ¿Quieres que me crea que solo tienes tu poder para ver acontecimientos pasados? ¿Eso es todo lo que se ha dedicado a hacer tu raza durante años? Revivir la historia como una película hiper-realista no parece muy útil.
- Es muy útil – respondió lentamente y tratando de contener su genio -. Sirve para aprender de los acontecimientos pasados, cosa que por cierto no pareces hacer nunca.
Jack empezaba a exasperarse. La tensión en su mandíbula lo confirmaba.
- Chicos, por favor – intervino el hada -, solo os está pidiendo unos minutos, estaremos alerta por si algo sucede. Elsa es la otra mitad de Jack; separarlos ya es cruel pero negrales una despedida es cruel y egoísta.
- ¿¡¡Egoísta!!? - bramó Norte - ¡¿Te parece egoísta querer proteger la Tierra de amenazas externas?!
- Egoísta es lo que vosotros pedís – continuó Bunny -. Y una estupidez, si se me permite añadir.
- Así, con tacto – farfulló el hada.
- ¿Sandy?
Jack se giró hacia su compañero buscando apoyo y un desempate.
El hombrecillo dorado, agradecido de que alguien le hubiera cedido la voz, comenzó a formar símbolos de arena sobre su cabeza. Todos los guardianes lo observaban con atención; Excepto Jack, pues ya no estaba ahí.

***
La reina recorría impaciente la habitación, clavando con sólida determinación sus tacones en el suelo cubierto de pedazos de hielo que semejaban cristales.
Elsa había estado inquieta desde la partida de Sombra. Algo en su interior parecía retorcerse como una una lombriz en un anzuelo perturbando su ser. Tal vez la preocupación por el paradero del caballero oscuro y su hermana, o quizás la conciencia de su parte perdida.
Fuera cual fuere, la soberana había matado el tiempo redecorando el gran salón, lo que implicaba la destrucción de alguna de las estatuas que lo poblaban.
El duque y sus guardias fueron unas de ellas.
Sombra le había contado todo lo ocurrido en Arendelle tras su marcha; cómo el pueblo se organizó bajo el mando del duque de Weselton y lograron colar rebeldes en el ejercito real para intentar acabar con su vida, y también todo lo que le ocurrió a su hermana. Lo que no le contó fue que todo ese terror descontrolado lo había avivado él.

La impaciencia se apoderaba cada vez más de ella, y cuando se plantó frente a la estatua de una criada dispuesta a amainar su nerviosismo, la puerta de abrió de par en par removiendo la espesa neblina que cubría todo el palacio.
Sombra entró con una Anna inconsciente entre sus brazos.
Al verlo, la expresión de la reina reflejó un profundo alivio y recogió su larga falda de plata y azul para correr junto a su hermana. Tomó el rostro de Anna entre sus manos acariciándolo con delicadeza y, cuando se aseguró de que estaba ilesa, se dirigió a Sombra.
- Llevémosla a su alcoba. Necesita descansar.
<<No te preocupes, Anna, por fin podremos estar juntas de nuevo>>.

Atravesaron los largos pasillos y escaleras hasta llegar a los aposentos de la princesa. Una vez allí, Sombra la depositó sobre la cama bajo la atenta mirada de Elsa.
- Tu hermana – comenzó con una macabra sonrisa en su rostro sin separar la mirada de Anna – tiene una fuerza extraordinaria. Puedo sentir su miedo y su dolor... Y su corazón puro.
Por algún motivo, esas palabras hicieron que la reina se estremeciera de pies a cabeza.
Tuvo un horrible presentimiento; Ya no se sentía tan segura como hace unos segundos.
- ¿Qué ocurre? ¿Te ha comido la lengua el gato?
- Aléjate de ella.
Sombra no pudo evitar soltar una carcajada.
- Primero me mandas ir a por ella, y ahora me pides que me alejé.
- ¿Qué quieres de ella? … o de mí.
La sombra entornó los ojos y esbozó un media sonrisa.
- Una chica lista. Verás: Un corazón puro es la fuente de poder más poderosa que puedas imaginar, y por desgracia yo ya no soy el que era. Quiero recuperar mi antiguo esplendor y ¿por qué no? Vengarme de los guardianes. Pero antes de eso, tengo todo un mundo por descubrir.
- ¿Qué le vas a hacer?
- Oh, nada, tranquila: No sufrirá, es un proceso indoloro. Al menos para mí. Solo tiene que aceptarme como huésped.
- Dijiste que mi poder era extraordinario, en ningún momento mencionaste a mi hermana.
- Y lo es. El problema es que es demasiado fuerte y en mi estado solo podría hospedarme si tu me lo permitieras. Pero no vas a hacerlo.
Un repentino dolor de cabeza hizo que la reina cayera de rodillas al suelo soltando un grito de dolor. Se agarró el cráneo con las manos, como si eso pudiera ayudar a calmar el dolor. Las voces en su interior parecían gritar más y más. No podía entender una palabra, pero el tono de dolor era evidente para ella.

Cuando el dolor cesó alzó lentamente la vista, encontrándose con los fríos ojos áureos que la observaban fijamente.
- ¿Qué... me has echo? - preguntó la reina, pálida, siendo consciente por primera vez de lo que había hecho desde que regresó a Arendelle.
- Yo no te he echo nada, solo te he abierto la puerta para que hicieras lo que siempre has querido.
- No, te equivocas, yo nunca quise esto.
- ¿No? ¿A caso no querías controlar tu poder? ¿A caso no querías vivir libre sin tener que ocultar tus poderes y no tener que preocuparte por el qué dirán y sin responsabilidades? - hizo una breve pausa y sonrió -. Ahora no podrán decir nada.
- ¡He llevado el reino a la destrucción!
Sombra soltó una sonora carcajada.
- Eso lo hiciste antes de conocerme, justo cuando saliste corriendo y te refugiaste en ese palacio de hielo con tu querido Jack. Pero es más fácil echarle la culpa a los demás ¿no?
Elsa no sabía que decir. Seguía tendida en el suelo, incapaz de respirar con normalidad y a punto de estallar.
Otro fuerte dolor de cabeza le hizo gritar. Miedo, odio, amor, ira... Sus sentimientos formaban remolinos nublando su mente, y las voces gritaban desesperadas por salir de allí. Durante un segundo le pareció volver a sentir la fuerza que había sentido antes, pero de repente se volvía a sentir dedil, insegura e indefensa.
Solo quería gritar.
- Elsa...
La reina alzó la vista con dificultad y pudo ver a su hermana sentada en la cama. Perpleja y desorientada; con el rostro pálido y el miedo en su rostro.
- Anna...
- Bien venida, princesa.
Sombra se giró y se dirigió hacia la joven de pecas, la cual se paralizó por completo al contacto con sus ojos.
- Elsa... ¿qué está pasando? - logró preguntar -.
Cuando Sombra estuvo a punto de rozar el rostro de Anna con sus dedos, Elsa logró concentrar todas sus fuerzas para abalanzarse sobre él. Forcejearon unos instantes pero la reina enseguida calló al suelo de espaldas.
- ¡¡No!! - gritó. Sombra se detuvo y se volvió hacia la reina -. Tómame a mí. Puedes quedarte mi poder si quieres pero no hagas daño a Anna.
- ¿No te resistirás? - preguntó con una tétrica sonrisa.
- No. Siempre y cuando me prometas que Anna no sufrirá ningún daño.
- Hecho.  

jueves, 1 de septiembre de 2016

Capítulo 21: Conmoción

    Toothiana abrazaba a su amigo níveo como si tratara de protegerlo; No se había levantado del suelo y estaba más pálido de lo normal. Sus ojos parecían perdidos en el vacío mientras su mente intentaba aceptar la situación.
- Lo siento, Jack -dijo Bunny con un hilo de tristeza y arrepentimiento en su voz -, pero era necesario hacerlo. No devemos viajar entre mundos , y mucho menos los mortales: no sabemos como podría repercutir.
- ¿Pero si antes podíamos hacerlo por qué ya no? - preguntó el hada - ¿Qué ocurrió para que perdiéramos ese poder? ¿Quién nos prohibió viajar entre mundos? ¿Fue la Luna?
Sandy pareció interesado en responder a la pregunta, pero su iconografía no quedó del todo clara para Toothiana y para Jack. Norte se frotó el entrecejo fruncido, y entonces Bunny comenzó a hablar.
- Como ya sabes, los antiguos guardianes intentaron eliminar las pesadillas de este mundo. Para ello crearon una prisión especial oculta en el centro del universo. No tardaron en darse cuenta de que las pesadillas no sólo habitaban el la Tierra y guardianes de otros mundos se unieron a la causa: Uno de ellos era Sombra, quien se ofreció voluntario para custodiar la entrada de la prisión. Pero tuvo un segundo de debilidad en su vigilia y abrió la puerta; Eso fue suficiente para que todas las pesadillas se apoderaran de su cuerpo y de su alma.
- ¿Sombra era un guardián? - preguntó Jack incrédulo y todavía algo aturdido.
- Si. Y uno de los mejores – asintió.
>> Las pesadillas convirtieron a Sombra en su rey, concentrando en él todo el poder: Allí donde Sombra vaya irán las pesadillas y su reinado de terror. No es que hayamos perdido la capacidad de viajar entre mundos, simplemente no lo recordamos o no sabemos como hacerlo. Esto excluye a los conejos Pokka, ya que somos los responsables de mantener en orden el espacio tiempo. Pero si se volvieran a abrir rutas entre mundos Sombra podría acabar en uno de ellos y si no tienen guardianes están condenados. Del mismo modo, una amenaza externa podría acabar en la Tierra.
>>Alterar la realidad de los mundos es como alterar un ecosistema, pero a mayor escala. A demás, como bien sabéis, los guardianes no podemos entrometernos en la vida de los humanos, y mucho menos si son de otro mundo, pues con ello estaríamos alterando también su realidad. Sin mencionar el riesgo que corremos si nadie cree en nosotros.

Jack quedó unos segundos con la mirada perdida; Eran demasiadas cosas para asimilar y su mente parecía esforzarse por centrarse únicamente en Elsa y su repentina desaparición. Estaba tan frustrado, dolido y enfadado que sentía que en cualquier momento podría abalanzarse sobre sus amigos.
Con la revelación de Bunny todavía rondando en su cabeza, dedicó una mirada de odio a sus compañeros, les dio la espalda y se alejó de aquel lugar con un soplo de aire gélido.
Toothiana miró a sus compañeros con una expresión seria poco alentadora.
- Ni siquiera habéis dejado que se despidieran.

***

Jack dejó salir de su interior un profundo grito que resonó en el inmenso y blanco vacío de las tundras de Alaska y comenzó a golpear el aire con su callado como si estuviera luchado contra un millar de enemigos invisibles que lo rodeaban. Quería liberar toda su energía hasta caer al suelo exhausto y no pensar en nada. Pero eso era muy improbable, puesto que su energía en la Tierra era prácticamente ilimitada.
Continuó así hasta que oscureció por completo y se quedó observando la Luna que coronaba el cielo estrellado, en silencio.
- ¿Era ella? - peguntó el muchacho - ¿Era ella la persona por la que tanto he rogado? ¿Si es así por qué tenemos que estar separados? ¡¿Por qué después de conocerla y sentirme al fin completo tengo que separarme de ella?! ¡No lo entiendo!
El eco de sus palabras sólo dio lugar al silencio.
- ¡Responde! ¿¡Por qué nunca me respondes!?
Tras varios minutos de silencio una voz difusa, cordial y etérea resonó en su mente.
- <<Tu alma, tu ser... está roto, fragmentado>>.
- ¿Qué quieres decir?
No hubo respuesta.
- ¿Estoy destinado a “vivir” incompleto?
Una brisa helada golpeó el rosto de Jack meciendo sus cabellos. Miraba a la Luna con decisión y rabia esperando una respuesta. Si fuera una persona la habría zarandeado y golpeado hasta que no pudiera más.
- Gracias – dijo finalmente con sarcasmo y el ceño fruncido.

***

El pueblo saqueaba la despensa real mientras el duque de Weselton examinaba las habitaciones.
La primera fue el gran salón, donde halló los informes del príncipe Hans y la carta que lo marcaba como traidor. La siguiente fue la habitación de la antigua reina, Elsa, la cual decepcionó profundamente al hombre, pues esperaba encontrar información sobre los poderes de la muchacha y sus malévolas intenciones; En su lugar sólo halló un par de diarios que reflejaban un profundo anhelo y melancolía, matizadas con una mirada un tanto fantasiosa de la realidad en la que un chico mágico desaparecía para siempre al otro lado de la ventana. Finalmente llegó a la habitación de Anna. En ella encontró los diarios del tutor de Elsa. Se sumió por completo en la lectura, llegando casi a rozar las páginas con su prominente nariz, esperando encontrar algo que inculpara definitivamente a la reina y su familia. Pero no encontró nada, y tras terminar la lectura arrojó los diarios al fuego y se deleitó viéndolos arder, mientras planeaba su próximo paso para hacerse con el control del reino.

Un ligero crepitar a su espalda hizo que se liberara de su trance y apartase la vista de las llamas. Cuando se giró observó horrorizado como la ventana estaba completamente cubierta de escarcha y los muros y suelo de la estancia comenzaban a congelarse.
Salió corriendo de la estancia, quedando boquiabierto al comprobar que el pasillo estaba completamente congelado, con largos y puntiagudos pinchos que surgían de las paredes, suelo y techo. Se acercó a la ventana y ahogó un grito de terror cuando vio avanzar entre la tormenta a una figura familiar de cabello plateado y una larga capa ondeando al viento.

***

- Jack... - suspiró Toothiana mientras paseaba entre los millares de estanterías que guardaban los dientes de los niños.
Deseaba volar al lado de su amigo y decirle que todo iba a salir bien, pero conocía a Jack, y sabía que en esos momentos necesitaba estar sólo para calmarse o podría acabar tomándola incluso con ella.
Inconscientemente había terminado en la sección J del almacén de dientes . Se preguntaba a si misma si en los recuerdos de su amigo habría alguna pista sobre el permanente anhelo que sentía: Si había un modo de ayudarle lo encontraría. Para los niños los dientes que ella recogía eran simples recuerdos, pero para ella eran mucho más. Podía revivir la vida entera de los dueños de esos dientes. Podía vivirla como si fuera la suya propia y experimentar las mismas sensaciones; Solo había un problema: Estaba prohibido.
Se detuvo frente a la caja de Jack y se mordió el labio inferior dudando de su propia idea y cuestionándose los dogmas de los guardianes. No le gustaba la idea de espiar el pasado de Jack, y mucho menos de volver a experimentar la muerte. Sus alas y las de sus pequeñas compañeras emitían un molesto zumbido al que ya se había acostumbrado hace tiempo pero que en ese instante no le dejaban pensar con claridad. Miró a sus amigas, que piaban nerviosas y la observaban con ojos tristes y llenos de preocupación; Algunas negaban con la cabeza, y otras parecían animar al hada con un gesto de manos.
Cerró los ojos, respiró profundamente y tomó la caja entre sus manos con decisión.

***

Jack había regresado a su cueva y acariciaba sin ganas los bordes de la corona que había hecho para Elsa. Tenía los labios y el entrecejo fruncidos y la cara y los ojos rojos de llorar de rabia e impotencia. Tendría que volver a su “vida normal” con el recuerdo de Elsa a sus espaldas, y pensar en ello le dolía.
- <<Necesito verla una vez más - pensó -, antes de que se marche para siempre>>.
Decidió ir a ver a Bunny y los demás para hablar de manera civilizada y aceptar la realidad. Si tan peligroso era, estaba dispuesto a separarse de ella, pero antes de eso quería despedirse. Confiaba en que no se lo podrían negar.
Al apoyar su mano en el suelo para levantarse, sus dedos rozaron con algo áspero y rugoso. Cogió el papel doblado y al abrirlo descubrió la perfecta caligrafía de Elsa, con su firma al final y un “Querida Anna” como título. Volvió a doblar la carta y se la guardó en el bolsillo, recordando que despedirse de la reina de Arendelle no era su única tarea pendiente.
Cuando finalmente se puso en pié oyó como un aleteo inquieto y veloz se acercaba a él.

- Hada, ¿qué haces aquí? - Jack observó a su amiga: parecía nerviosa. Su rostro denotaba preocupación y estaba pálida.
- Jack, lo siento, te juro que no tenía mala intención, sólo quería ayudar – hablaba muy rápido y gesticulaba más de lo normal. A pesar de ello parecía agotada -. He visto tus dientes. O sea, no tus dientes: tus recuerdos, tu vida. Y he descubierto algo.
- Hada, relájate, estás muy alterada, me das miedo, tienes ojos de loca.
Toothiana respiró hondo y trató de calmarse. Tras unos segundos comenzó a hablar.
- Cuando te estabas muriendo ahogado y congelado en el lago, una parte de ti todavía estaba consciente cuando comenzó la transformación en guardián. Y, cuando perdiste finalmente la vida, esa parte de ti se perdió. Estás incompleto Jack.
- Incompleto... - aquella era la misma palabra que usó la Luna -. ¿Crees que...?
- Elsa podría ser esa mitad que se perdió – completó Toothiana.
Ambos guardaron silencio unos segundos mientras Jack asimilaba la información.
- Quiero volver a verla. Aunque sólo sea para decirle adiós.
- Eso sería una insensatez – respondió cortante -, pero desde que te conozco se que de vez en cuando no hacen daño – sonrió -. Cuenta conmigo. Y si sombra se presenta ante nosotros le patearemos el trasero – a Jack se le iluminó el rostro al escuchar las palabras de su amiga -. Hablaremos con los demás, y si no atienden a razones debemos recuperar la bola de cristal antes de que la destruya, y los anillos.
El rostro de Jack perdió el color de nuevo al escuchar la palabra anillos. No lo había recordado hasta aquel momento, pero le había dado el anillo de invocación a Elsa, y si ahora lo invocaba, no podría regresar.
- Mierda.

***

Aunque la tormenta no era tan fuerte en lo alto de la montaña, Anna tenía la sensación de que el viento quería deshacerse de ellos y de cualquier incauto que decidiera llegar a la cima. Sentía el rostro paralizado por las bajas temperaturas y el constante azote de la ventisca.
- Es como si el palacio hubiera desaparecido – afirmó Kristoff -. Debería estar por aquí cerca, pero no hay rastro de las torres.
- Lo siento... - dijo la princesa arrepentida y con melancolía en su voz -. Ha sido idea mía, siempre lo fastidio todo, y ahora por mi culpa vamos a morir aquí.
Kristoff le ordenó a Sven que frenara. Se volvió hacia Anna y la agarró por los hombros firmemente.
- Anna, mírame: No vamos a morir aquí. No voy a permitir que te pase nada ¿Me oyes? Tú no tienes la culpa de nada.
- ¡Si que la tengo! ¡Yo soy la culpable de que Elsa se descontrolara en la coronación, y todo por un hombre al que acababa de conocer! ¡Soy una estúpida!
Anna se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar. Sus lágrimas estaban calientes en comparación con su rostro, y eso le provocaba cierta sensación de alivio, aún cuando sus lágrimas se convertían el hielo al bajar por sus mejillas.
Kristoff abrazó fuertemente a la princesa y depositó un suave beso en su cabeza para después acariciar delicadamente su pelo.
- Kistoff... ¿Por qué cuidas de mí?
Esa pregunta tomó por sorpresa al montañero. No tenía claro por qué lo hacía, simplemente quería hacerlo; Todo comenzó cuando trataba de convencerlo para que la escoltara a la montaña del Norte y sufrieron un accidente con el trineo. Entonces Anna le había prometido uno nuevo y él se vio obligado a cumplir los caprichos de la princesa. Más tarde tuvo que regresar con ella a Arendelle y el príncipe Hans lo había acogido en palacio. Fue entonces, al quedarse, cuando Anna empezó a solicitar su compañía, y sin darse apenas cuenta estar con ella se había convertido en una agradable costumbre; Se había encariñado con la princesa, no podía negarlo. Y también algo más.
- Quiero hacerlo – respondió finalmente el joven tras unos segundos de reflexión -. Me gusta verte feliz. De algún modo... me hace sentir bien.
Anna sintió que se le aceleraba el corazón y una agradable calidez invadía su cuerpo sonrojando sus mejillas. Si darse cuenta esbozó una leve sonrisa en su rostro: De algún modo aquellas palabras le habían levantado un poco el ánimo.
- Debemos continuar. Estoy seguro de que no estamos lejos.
La princesa asintió con la cabeza y al poco reanudaron la marcha.
No pasó mucho tiempo hasta que lograron distinguir una estructura irregular entre la nieve y, al acercarse, descubrieron horrorizados que se trataba de las ruinas del palacio de hielo. Anna se llevó las manos a la boca, temiéndose lo peor. Kristoff, por su parte, bajó de trineo e inspeccionó la zona.

Tras patrullar varias veces los alrededores no se topó con nada interesante: Todo a su alrededor eran escombros, hielo y nieve, y sobretodo no había rastro de la reina. Se giró y no muy lejos de allí pudo ver a Anna, todavía en el trineo, envuelta con varias capas de matas gruesas de lana. Decidió dar otra vuelta más para intentar encontrar alguna pista de lo que había ocurrido allí y, en caso de no hacerlo, acondicionar alguna zona para refugiarse y descansar.

Mientras recogía restos de estructuras para tratar de apilar cerca de un hueco entre unos escombros para frenar la entrada del viento, algo llamó su atención: Allí, entre la pureza de la nieve, un pequeño pedazo de cristal pulido reflejaba la poca claridad que había haciéndolo brillar. Cuando el muchacho se acercó a recogerlo, descubrió para su sorpresa que se trataba de un anillo sencillo y trasparente. Probablemente había pertenecido a la reina, por lo que creyó conveniente entregárselo a Anna. Pero lo guardó en uno de sus bolsillos: Antes necesitaban descansar.  

viernes, 25 de diciembre de 2015

Capítulo 17: Días perdidos

  Anna y Kristoff charlaban en los aposentos de la princesa. Desde que la joven infanta se enteró de que su hermana había desaparecido tras atacar a los guardias que enviaron en su busca, y matar a dos de ellos, la princesa necesitaba compañía y atención casi constante, pues de lo contrario su cabeza comenzaba a llenarse de malos pensamientos y recuerdos que la hacían entristecer profundamente. Kristoff no parecía tener ningún problema en cubrir las necesidades sociales de la princesa, es más, disfrutaba de su compañía, cosa difícil de creer tras su primer encuentro y expedición, pero Kristoff creyó encontrar en la princesa una persona amable y pura diferente a las demás con las que se había topado: Una persona digna de confianza.
- ¿Y tú qué opinas?
No hubo respuesta a la pregunta de la princesa.
- ¿Kristoff?
- ¡Eh? Oh, lo siento - se disculpó el joven fornido mientras se frotaba los ojos -. No sé dónde tengo la cabeza ¿Qué decías?
- Que si debería poner la habitación del niño en la última planta.
- Eh... no lo sé. ¿No sería mejor que el niño estuviera con sus padres hasta qué...? Bueno... hasta que no llore.
   La princesa se llevó las rodillas al pecho y las rodeó con los brazos, quedando totalmente encogida en el lateral del sillón. Las llamas de la chimenea danzaban cerca de ella fundiendo su cuerpo en un juego de luces y sobras y acentuando la expresión sombría que había adoptado su rostro.
- Ojalá mi madre estuviera aquí... Ojalá estuvieran todos.
- Lo siento. Me temo que no soy de mucha ayuda para estos temas: soy huérfano.
- Lo siento. No lo sabía.
- No llevó un cartel - trató de bromear el joven sin resultado -. No conocí a mis padres así que está bien, no los echo de menos - miró a la princesa, pero esta no apartaba su mirada apática de las llamas -. Vas a ser una madre maravillosa Anna.
La joven pareció dignarse a verlo tras ese comentario.
- ¿Cómo estás tan seguro?
- ¿Bromeas? He visto lo que eres capaz de hacer por tu hermana, no puedo imaginar lo que harías por un hijo.
   La princesa esbozó una media sonrisa, cálida como el fuego que calentaba la alcoba. Bajó los pies al suelo, se inclinó ligeramente y tomó las manos de Kristoff, grandes y ásperas, pero increíblemente confortables al tacto.
- Gracias Kristoff. Gracias por todo. Si no fuera por ti en estos momentos creo que ya me había vuelto loca.
   El joven guardó silencio mientras sentía las delicadas manos de la princesa entre las suyas y la miraba a los ojos. Tragó saliva y pensó sus palabras.
- Es mi deber como ciudadano del reino cuidar de la princesa.
- Creí que no eras de ningún sitio en particular.
- Ya... bueno... - Anna soltó una carcajada mientras Kristoff se frotaba la nuca nervioso.
   Era innegable que los días al lado de la princesa despertaron sentimientos en Kristoff que nunca antes había experimentado. No solo porque le agradaba su compañía, si no porque a veces llegaba a sentir que la necesitaba y, cuando la tenía cerca, la quería más cerca todavía. A veces incluso se sorprendía a si mismo fantaseando con ella: Los dos abrazados junto al suave y cálido regazo de Sven con una hoguera frente a ellos, como ya había ocurrido antes (aunque sin hoguera).
   Kristoff no pudo evitar desviar su vista de los ojos de Anna. El camisón le sentaba un poco grande y parte del hombro izquierdo de la joven quedó al descubierto. Se sorprendió levemente al observar las pecas que en él había, y por un momento el pensamiento y la imaginación le jugaron una mala pasada, sorprendiéndose a si mismo imaginando el cuerpo pecoso de Anna bajo los ropajes. Su rostro comenzó a enrojecer y su temperatura a elevarse.
- ¿Kristoff, estás bien?
   No halló respuesta. Anna puso una de sus manos en la frente del chico.
- ¡Estas ardiendo! Puede que tengas fiebre.
   De repente Kristoff alzó la vista y clavó sus ojos en los de Anna, de una forma violenta e intimidante que provocó un ligero escalofrío en la princesa. Se inclinó hacia ella y la puerta de la alcoba de abrió de golpe. Sin tan siquiera girarse para ver de quien se trataba, Kristoff llevó una de sus manos al hombro de la chica y acomodó la prenda sobre la piel de la joven.
- Deberías ponerte una capa o algo. Te va a coger el frio.
   Kristoff volvió su vista hacia la puerta. Hans estaba ahí, de pie, todavía con la mano en el picaporte.
- Me gustaría hablar con mi prometida.
- Sí, claro.
   El joven rubio se levantó y antes de salir por la puerta dedicó una leve reverencia al príncipe Hans, el cual no tardó el cerrar las puertas una vez Kristoff abandonó la estancia.

- Anna, querida ¿Cómo te encuentras?
- Estoy mejor, gracias - hizo una breve pausa y se fretó las manos nerviosa -. ¿Se sabe algo de Elsa?
   Hans no respondió hasta que se sentó al lado de su prometida y la tomó de las manos.
- No hay rastro de ella. Yo mismo fui al castillo. Lo único que encontramos fue su ropa y... esto - el príncipe llevó una de sus manos al bolsillo interior de su chaqueta. De él sacó la corona de Elsa y se la dio a la princesa -. Creí que te gustaría tenerla.
   Anna asintió con la cabeza mientras se le humedecían los ojos y alzaba su vista tratando de evitar que se le escaparan las lágrimas.
- La he perdido - dijo sin poder controlar el llanto -. La he pedido Hans, era la única familia que me quedaba.
Hans abrazó a su prometida y ésta rompió a llorar mientras apretaba con fuerza la corona entre sus manos.
- ¿Por qué no me dijo nada? ¿Dónde estará ahora?
- Probablemente tenía miedo - dijo para tratar de tranquilizarla mientras acariciaba suavemente su espalda -. Los guardias siguen buscando, me informarán de cualquier pista que encuentren. Volverás a verla. Te lo prometo.

   Pasaron un rato así hasta que la princesa se tranquilizó. Cuando ésto ocurrió Hans llamó al servicio y ordenó llevar a la alcoba chocolate caliente y unos sándwiches.
- La gente está nerviosa, el pueblo está cosa vez más violento - comentó Hans - deberíamos hacer algo para tratar de distraerlos.
- ¿Y qué propones hacer? Ya has visto cómo están las cosas ahí fuera, no podemos organizar una fiesta o un banquete, sería un desperdicio de recursos.
- Tal vez saber que tienen un heredero les de esperanza.
   Anna dedicó una mirada de incredulidad a su prometido. Ambos eran muy conscientes de que el embarazo no podía hacerse público hasta que estuvieran casados, por lo que la princesa supo enseguida hacia donde quería dirigir Hans la conversación.
- No es el momento.
- ¿Y cuando lo será? No podemos ocultar tu estado eternamente. Las doncellas lo saben, Kristoff lo sabe, es cuestión de tiempo que todo el mundo lo sepa y tu nombre quede manchado. Podemos convocar una ceremonia simbólica, algo sencillo, y cuando todo esto pase tendrás la boda que te mereces ¡con la que siempre has soñado y la que te prometí!
   Anna apartó la vista pensativa y agachó la cabeza. Quería celebrar su boda por todo lo alto, con el vestido que había llevado su madre y con su hermana a su lado en un bonito día de primavera. Pero estaba claro que eso no era posible. Elsa había desaparecido y si no regresaba le tocaría a ella cargar con las responsabilidades reales. Era algo para lo que no se sentía preparada y agradeció tener a Hans a su lado en esos momentos. <<Debo ser fuerte>> se dijo. <<Por mi pueblo. Por mi hijo...>>.
- Está bien. Pediré ayuda y comenzaré a preparar algo sencillo. Intentaré tenerlo todo listo lo antes posible.
   El rostro de Hans se iluminó de felicidad y besó a su prometida con entusiasmo.
- Gracias Anna. No sabes lo feliz que me haces. Desearía que todo esto acabara cuanto antes y pudiéramos llevar una vida tranquila.
- Yo también.
- ¿Puedo pedirte una cosa más?
- ¿De qué se trata?
- El bebé - dijo llevando las manos al vientre de Anna -. Me gustaría ponerle el nombre de mi abuelo.    Fue la única persona que me trató bien. Era un hombre bueno, justo y valiente. Querría que nuestro hijo fuera una persona con el corazón tan grande como él, y siendo tú su madre seguro que lo será.
- ¿Cómo se llamaba?
- Key - respondió mientras acariciaba sonriente y con cariño el vientre de su prometida.
- De acuerdo. Se llamará Key, si es un niño.

   Hans besó de nuevo a la princesa y una vez terminaron los aperitivos se retiró para seguir trabajando.

   Anna estaba de nuevo sola, sin nada que hacer. Se puso una capa gruesa y larga y salió de la habitación. Bajó las escaleras y atravesó los pasillos hasta llegar a una habitación llena de polvo que semejaba una pequeña biblioteca. Había estado allí muchas veces tras la coronación, pues era la alcoba dónde se había alojado el tutor de Elsa, Borje, quien falleció unas semanas antes del gran día. La princesa visitaba la alcoba de vez en cuando en busca de alguna pista sobre su hermana, pero sólo encontraba libros sobre mitos, magia y leyendas que no le aportaban nada. Ella buscaba algo especifico: Ella quería los diarios del señor Borje. Le parecía impensable que siendo el tutor de su hermana y, muy probablemente, conociéndola mejor que ella, no tuviera respuestas a sus preguntas. Él nunca le había dicho nada, ni siquiera cuando preguntaba; Pero ahora no había modo de que le ocultar la verdad, sólo necesitaba los diarios y estaba convencida de que los encontraría a menos que los hubiera quemado o llevado consigo a la tumba.
   Revisó las estantería en las tantas otras ocasiones había buscado. Examinó los armarios y cajones en busca de algún doble fondo y, en esta ocasión, cogió el abrecartas que estaba sobre la mesa para abrir el viejo colchón; Buscó y rebuscó en él sin encontrar nada más que lana de oveja, trozos de tela y algún que otro bichito.
   Se dejó caer sobre la destrozada cama resoplando y soltó con desgana el abrecartas que calló haciendo resonar su filo contra el revestimiento de madera del suelo. Algo en ese sonido llamó la atención de la princesa: No era un sonido firme y opaco como el que hacían sus zapatos al pisar el suelo o como el que hacía una espada al caer, si no hueco, como una pared o una puerta que ocultan una habitación al otro lado.
   Anna, algo dubitativa, se levantó de la cama y arrodillándose se tendió sobre el suelo, pegó su oreja a la madera y golpeó con el puño. La respuesta fue la esperada: Un sonido hueco y vació. Apartó violentamente la alfombra, lo que provocó que una inmensa nube de polvo se levantara e impactara contra su rosto haciéndola toser. No le importó demasiado. Se frotó la nariz y los ojos por instinto y observó el suelo buscando algún agujero, pomo, brecha o cerradura para acceder a un rincón secreto, pero no encontró nada. Se agachó de nuevo para ver debajo de la cama, pero tampoco parecía haber nada ahí. Miró a su alrededor esperando encontrar algo que la ayudara a desarmar el suelo, pero lo único que había era el abrecartas y no era lo suficientemente afilado. Trató de mover la cama por si había alguna brecha que no era posible ver a simple vista, pero era demasiado pesada para ella. Con mirada firme y decidida, a la par que algo despeinada, se acomodó la capa y abandonó la estancia dispuesta a cumplir su propósito, y ahora mismo sólo había una persona con la que podía contar.

   Tras atravesar los numerosos corredores y salir al exterior por la puerta trasera del almacén, entró en los establos y vio a la persona que buscaba.
- Kristoff – llamó ella.
El joven rubio se giró sorprendido de ver ahí a la princesa, la cual se acercó a él.
- Necesito que me ayudes con algo. Coge un hacha y sígueme. ¡Y ni una palabra a nadie!

   Sin entender muy bien la situación, el muchacho fue a por el hacha que se usaba para cortar leña y siguió los pasos de la princesa hasta los aposentos abandonados de Borje. Al principio se sorprendió un poco del desorden, pero más se sorprendió al escuchar la orden que le dio la princesa.
- Rompe es suelo, justo ahí, junto la cama – dijo mientras cerraba la puerta tras de sí.
- ¡¿Qué?! - exclamó Kristoff sin entender nada.
- ¡Tú hazlo! - exigió con notable impaciencia.
   Confuso pero obediente, Kristoff tomo la posición indicada por la princesa y comenzó a golpear el suelo con el hacha. No tardó en hundirla por completo partiendo la madera y formando una brecha astillada. Fue entonces cuando Anna le indicó con un gesto que se detuviera.
   La princesa se agachó y comenzó a apartar los restos sueltos del suelo casi con desesperación. Rompió las tablillas que todavía estaban sujetas al suelo dejando al descubierto lo que Anna sospechaba: un compartimento secreto. En su interior había un saco de lana azul; Sin dudarlo siquiera un segundo Anna extendió su mano.
   Con el saco ya en el exterior la princesa lo abrió intranquila levantando una nube de polvo que hizo toser a ambos. Kristoff comenzaba a preocuparse por ella, su comportamiento era demasiado extraño.
-¡Aquí están! - exclamó Anna con la cabeza casi dentro del saco.
- ¿El qué?
   Anna no contestó. Se acomodó en el suelo ignorando al montañero y puso los diarios sobre su regazo. Se quedó mirándolos un largo rato pensando qué habría escrito en ellos ¿Disiparían alguna de sus dudas o por el contrario no encontraría nada de utilidad? O peor ¡más preguntas! Realmente le daba miedo lo que pudiera encontrar en ellos.
Acarició la encuadernación en cuero negro que tenía en número 1 grabado en su lomo y margen inferior derecho de la portada. Dudó unos instantes, pero finalmente abrió el diario y comenzó a leer.

   “Esta tarde llegaré al reino de Arendelle. Siento verdadera curiosidad por la pequeña princesa, sus padres han insistido en que es muy especial y necesitan a alguien de confianza para instruirla, pero claro, todos los niños son especiales a los ojos de sus padres.”
(...)
   “ En efecto la princesa es una niña extraordinaria. He tenido mi primera audiencia con los reyes y conocido a la pequeña Elsa. ¡Esa niña puede crear hielo y nieve con sus manos! ¡Es impresionante, nunca había visto nada igual, es como si los cuentos de hadas, magia y trolls que me contaba mi madre cuando era un crio se hubieran manifestado en la princesa!”
(…)
   “Elsa es una niña muy despierta y lista, aunque un poco traviesa, siempre congela mi té. Ha llegado a mis oídos que los reyes esperan otro hijo. ¿Tendrá también extrañas habilidades? Sinceramente, espero que no, me gustan las bebidas calientes. Estoy seguro de que Elsa se pondrá muy contenta cuando lo sepa.”
(…)
   “Hoy me encontré a la princesa patinando en el pasillo. Lo peor es que me engatusó y acabé jugando con ella en vez de darle clase de protocolo. Espero que no se lo cuente a los reyes; Será nuestro pequeño secreto.”
(…)
   “El embarazo de la reina empieza a ser evidente. Elsa se ha puesto muy contenta con la noticia”
(…)
   “¡¡Es una niña!! ¡Una preciosa niña rubia llena de pecas! Se llama Anna y ya parece llevarse muy bien con Elsa. La pequeña siente fascinación por los poderes de su hermana... bueno, ¿y quién no? Anna no ha dado indicios de poseer ninguna habilidad especial a parte de su encanto.”
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   “¡Estas niñas van a volverme loco! Hoy han robado las espadas de la guardia y se han puesto los cascos de las armaduras decorativas favoritas del rey. Se han puesto a jugar a la guerra en el gran salón y han dejado todo hecho un caos. ¡Menos mal que había pocos muebles! Voy a tener que ser más duro con ellas.”
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   “Hoy Anna y Elsa se han escapado de palacio y han vuelto llenas de barro y con los vestidos destrozados. Todavía no tengo claro que ha pasado, pero tiene que ver con la persecución de un cerdo.
Vuelven a estar castigadas.”
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   “Ha ocurrido algo terrible: Las niñas estaban haciendo de las suyas por la noche y Elsa ha herido a Anna con sus poderes. Aunque fue un accidente Anna está muy grave y no sabemos si se recuperará. Todos rezamos para que así sea. Por otro lado Elsa está aterrorizada, no sólo por el estado de su hermana, si no por si misma: Tiene miedo de herir a alguien más. El rey está dispuesto a tomar medidas para que tal cosa no ocurra.”
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   “Han pasado dos semanas y Anna todavía no se ha despertado. Está viva, y eso es un alivio, pero no sabemos en que condiciones despertará.
El rey no permite que Elsa se acerque a su hermana y la pobre niña lleva días recluida en su habitación. Me ha dado ordenes claras y concisas de no dejarla salir a menos que sea estrictamente necesario y siempre y cuando que no haya otras personas cerca. Me parece una actitud exagerada pero no se ha tomado bien mis criticas. No me queda otra que obedecer.”
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   “Anna se ha despertado, pero parece que ha perdido parte de su memoria y no sabemos si la recuperará. Sus padres insisten en que es mejor así, pues no recuerda los poderes de su hermana ni el desagradable accidente.”
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   “El rey ha comenzado a investigar sobre magia y ritos de hechicería. Creo que lo ocurrido con sus hijas ha sido un golpe demasiado fuerte, sobretodo ahora que los poderes de Elsa se descontrolan. Creo que planea un modo de arrebatarle la magia, pero dudo que eso sea posible.”
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   “Esta situación me supera: Cada día Anna va hasta la habitación de Elsa e intenta que juegue con ella, pero la pobre niña tiene tanto miedo de si misma que se niega a abrir la puerta (a parte de que su padre se lo prohibió.”
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   “Creo que la soledad comienza a destrozar la mente de Elsa: Lleva días obsesionada con un chico volador que hace conejos de nieve. Pobre niña, debe sentirse tan sola...”
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   “Los reyes viajarán a Wesenton esta semana para hacer negocios.
   Hay pasado años desde el accidente pero el rey sigue empeñado en tener recluida a su hija mayor, cuyos poderes cada vez van a peor. Tanto Anna como Elsa se han convertido en dos hermosas señoritas... la primera más alegre que la segunda.”
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   “No debería haberlo hecho pero he leído algunos de los informes privados del rey en su ausencia. Sospecho que quiera deshacerse de Elsa para que no tenga que reinar. Temo que el viaje a Weselton sea con tales intenciones. Hablaré claramente con él tras su regreso, si mis sospechas son ciertas le propondré llevarme a Elsa conmigo (si ella acepta, claro): Buscaré otro trabajo y me haré pasar por su padre allá donde vayamos, le ayudaré como pueda y haré que vuelva a ser la niña curiosa y traviesa que era antes... Esa niña ya ha sufrido demasiado, no tolerará que le hagan más daño.”
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   “Los reyes de Arendelle han muerto. Su barco naufragó en una tormenta antes de llegar a su destino . Las princesas están destrozadas. Han pasado tres días y Elsa todavía se niega a abrirme la puerta.”
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   “El rey me ha dejado al mando de Arendelle mediante un escrito que había preparado antes de partir. Mis planes de llevarme a Elsa se han esfumado, pero ese que ella no habría aceptado de todos modos. Ahora no me queda más que prepararla para que cumpla su destino como reina.”
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   “Se que no me queda mucho tiempo, ya estoy muy viejo.
   Elsa está aterrada con la idea de ser reina, teme que todo acabe en desastre. Y intento tranquilizarla, pero es extraño que lo consiga, normalmente me echa de la habitación; Creo que está al borde de un ataque de nervios... Espero poder estar ahí el día de su coronación y ver a mi pequeña niña convertida en mujer... y ayudarla en todo lo posible. Quién sabe, quizá incluso se reconcilie con su hermana.”

   El rostro de Anna iba perdiendo color con cada línea que leía. ¿Qué era todo eso? ¿Por qué no recordaba ni la mitad de las cosas? ¿A caso era cierto que su hermana la dejó al borde de la muerte y perdió la memoria?
Un remolino de sentimientos se formó en su mente, llegando incluso a marearla. Lo sabían. Todos los sabían y no le habían dicho nada. Su cabeza sólo pudo llegar a una conclusión: Había vivido engañada por todos durante más de diez años. La rabia y la tristeza afloraron en forma de lágrimas tímidas.
- Anna ¿Te encuentras bien? - preguntó Kristoff preocupado acercándose a ella.
   Tras un breve silencio respondió.
- Lo sabían. Todos lo sabían.
- ¿Qué sabían? No se que está pasando Anna. Francamente, me preocu...
   El joven no pudo terminar de hablar, pues la princesa se abalanzó llorando sobre él y hundió la cabeza en el pecho del muchacho.
- ¡Me han engañado! ¡¡Todos!! ¡Todos estos años sabían los de Elsa! - gritó entre lágrimas.

   Kristoff no supo que decir ni que hacer. Anna siguió llorando durante un buen rato. Finalmente el joven montañero la rodeó con los brazos; No porque supiera que eso ayudaría a que la muchacha se calmara, simplemente porque le apetecía hacerlo. Tras unos minutos la princesa pareció relajarse un poco, pero el llanto y la rabia la habían agotado y, sumado a su actual estado de shock, no encontró fuerzas para levantarse.